lunes, 22 de enero de 2018

San Agustín de Hipona: Vida y Obra II

Nuestra segunda parte, dedicada a la vida y obra de San Agustín, está centrada en dos de sus obras cruciales para la historia de la filosofía, a saber: Contra académicos y El maestro. Veremos en ellas algunos temas ya abordados por San Agustín, donde las problemáticas se encuentran enmarcadas en una reflexión general sobre el ser humano y dios, ya mencionadas en nuestra parte precedente.   

Sobre el texto Contra académicos

Contra académicos es una obra escrita en un periodo de transición, en el cual Agustín se acostumbraba al modo de vida cristiano, antes de recibir el bautismo. Está dedicada a Romaniano (mecenas de Agustín, quien también se convirtió al maniqueísmo). En el texto, San Agustín examina tópicos como la fortuna, los sentidos del cuerpo y los sentidos del alma; sosteniendo que lo mejor que posee el hombre para la vida es la mente o razón, pero que, sin embargo, no se debe vivir conforme a ella, sino respecto a la bienaventuranza de dios. Damos cuenta, en tal planteamiento, del sometimiento de la razón a la fe. En un nuevo apartado, Agustín reniega de una comparación que él mismo había realizado entre filosofía y filocalia (amor a la belleza), ello en cuanto a verlas como hermanas, explicando que la primera es el amor a la hermosura de la sabiduría, mientras la segunda sólo consiste en banalidad. Por otra parte, en Contra académicos se aborda el tema sobre el alma, argumentando que ésta no ha sido arrojada del cielo y que, en consecuencia, el cuerpo no debe ser visto como su prisión, así es como podemos comprender una relación armónica entre cuerpo y alma. Agustín escribe que la doctrina cristiana debe defenderse de los planteamientos impuros de pensadores como Platón (de quien alguna vez fuera defensor), así también de los platónicos y de los académicos, fundamentando su obra, críticamente, respecto a las precedentes escuelas y sus críticas. En esta obra Agustín explica que ya no le debe nada a Cicerón, refutando sus ideas concebidas en su obra Hortencius

Sant’Agostino discute con i filosofi, Firenze, Biblioteca Medicea Laurenziana. Tomado de: Iconografia agostiniana. vol. 1: dalle origini al XIV secolo di Alessandro Cosma, Gianni Pittiglio, Valerio Da Gai.

En el primer libro de Contra académicos se explica la idea de la fortuna, la cual, en términos de Agustín, está sometida a un orden secreto propio del universo. El autor muestra cómo la filosofía lo alejó de todas aquellas supersticiones maniqueas que él creía verdaderas, como se refiere a lo largo de las Confesiones. La primera parte de la obra es interesante en tanto la estructura narrativa que sigue, pues se convierte variadas veces en un dialogo entre Licencio y Trigesio –aprendices de Agustín, a quienes también el diálogo de Cicerón incitó a estudiar la filosofía-. Así pues, tal diálogo tiene por objetivo definir la felicidad y el conocimiento. El tópico se formula de la siguiente manera: ¿Puede ser dichoso un hombre sin haber conocido la verdad? o acaso ¿Se encuentra la dicha en la constante búsqueda de la verdad? 

La disputa se detiene en un momento por petición de Licencio, quien no parece acertar con las respuestas adecuadas, por tal motivo el diálogo en la obra se divide, conforme pasan los días, en tres partes. De esta forma llegan al tema de la sabiduría, definida como el camino recto de la vida. Trigesio había planteado que la sabiduría era el camino recto que guía a la verdad. Al día siguiente continúan la discusión, brindando cada vez nuevas definiciones. Con todo, Agustín llega  a la conclusión de que la sabiduría es la ciencia e inquisición de las cosas divinas y humanas. El autor incita a este debate entre los dos aprendices con el fin de motivarlos al estudio y a la comprensión del ejercicio de la filosofía. El segundo libro se centra principalmente en el tema de la hermosura, además de la influencia de Romaniano sobre Agustín. Se exponen las doctrinas de los académicos, un grupo de estudiosos que planteaba, entre otras cosas, que el hombre no podía alcanzar el conocimiento de la ciencia por medio de la filosofía. El tema central vuelve a ser el de la Verdad y cómo, tal vez, puede ser alcanzada mediante la demostración. 

Sant’Agostino in trono, Douai, Bibliothèque Muncipale. Tomado de: Iconografia agostiniana. vol. 1: dalle origini al XIV secolo di Alessandro Cosma, Gianni Pittiglio, Valerio Da Gai.

El tercer libro vuelve sobre el tema de la sabiduría, recurriendo a distintos planteamientos relacionados con los grandes sabios griegos como Zenón, Platón y Cicerón; se aborda el tema de la verdad del conocimiento matemático, problematizando la idea de la certeza. El tópico de la sabiduría es por demasía extenso, por ello, Agustín, mediante la estructura narrativa de la exposición detallada de argumentos en diálogos, es capaz de abordarlos sin que queden aristas sin tratar en el debate. En definitiva, podemos plantear que la obra es una crítica a las distintas doctrinas que Agustín considera erróneas, principalmente a los académicos, así como también a su pasado lleno de errores, tal como lo vimos en las Confesiones

Sobre la obra El maestro

Es interesante para nosotros que, el texto, al igual que Contra académicos, esté escrito en forma de dialogo. Esta vez la conversación se desarrolla entre Agustín y su hijo Adeodato. El tema central versa sobre la finalidad del lenguaje; Agustín inicia la disertación inquiriendo acerca del fin que logramos alcanzar con la utilización de nuestro lenguaje, a lo que Adeodato responde que éste sirve para transmitir conocimiento, es decir, para enseñar y aprender saberes. Sin embargo, tanto Agustín como Adeodato llegan a la conclusión de que el lenguaje sirve para enseñar pero no para aprender, pues, cuando se intenta lo último, el lenguaje entra en el campo de la enseñanza. Sería correcto decir, más bien, que si no se utiliza para aprender, se utiliza efectivamente para recordar, esto es, para despertar recuerdos en nosotros mismos y en los demás. De tal manera, se plantea la cuestión sobre si el acto de la oración no es un fin del lenguaje, pues allí ni enseñamos a otros ni recordamos a dios, a lo que Agustín responde que eso es un acto del hombre interior que sirve sólo para ser un templo para dios.

A partir de tal planteamiento, se llega al tema del significado de las palabras y del lenguaje en sí mismo. Para ello, ambos se convencen de que cada palabra contiene un signo, y por ende, si una oración tiene ocho palabras, habrá ocho signos. Agustín pregunta a Adeodato si es posible que existan signos sin palabras, y a este respecto se llega a la palabra nada, que no significa algo, lo que hace que corrijan la idea de que cada palabra contenga un signo. Para esta contradicción, Agustín sugiere que tal vez dios pueda ayudarlos a conseguir una respuesta más adelante. Se demuestra que las palabras sólo pueden ser explicadas con otras palabras, para lo cual Agustín reflexiona sobre si puede haber una explicación que parta de los mismos significados, viendo a su vez también lo contrario: ¿Acaso existen cosas que no tengan un signo? Reflexionan sobre la posibilidad de trasmitir mensajes sin un lenguaje, pues éste refiere a palabras que, a su vez, necesitan de otros significados. Ambos piensan entonces en las señas que realizan los mudos y sordos, que terminan siendo elementos difíciles de poder nombrar, por cuanto es casi imposible trasmitir un signo sin la ayuda de otro.


Sant’Agostino nello studio, Venezia, Basilica di San Marco, Battistero, 1343-1354. vol. 1: dalle origini al XIV secolo di Alessandro Cosma, Gianni Pittiglio, Valerio Da Gai.


Se desarrolla la idea de cómo los signos pueden ser explicados por otros, llegando a la conclusión de que existen distintos tipos de signos, entre los que se encuentran los audibles y los escritos. Así, sintetizan que toda palabra es un signo pero no todo signo es una palabra. La cuestión acerca de los signos se profundiza en la medida en que se abre la posibilidad de la existencia de signos que se refieran a otros y que éstos otros se refieran a los mismos, es decir, a la existencia de signos recíprocos. Agustín pregunta a Adeodato si toda palabra es un nombre, a la vez que si todo nombre es una palabra, esto lo hace con el fin de averiguar si tales signos son recíprocos. Aquí entramos en una larga conversación que busca definir las diferencias entre palabra, verbo, nombre y vocablo. Concluyendo que hay signos que no pueden ser entendidos por su significado (por ejemplo, la palabra conjunción), y que al decir signo nos referimos a una palabra, y que al decir palabra nos referimos a un signo. Todo esto quiere decir que la idea de palabra y signo contienen a su vez dos palabras y dos signos, por lo cual son recíprocos. Mas adelante se delimitan estas intrincadas definiciones, exponiendo en el capítulo ocho un resumen de lo precedente.

Al final del texto se reflexiona sobre la preferencia de los signos o de los significados, es decir, y aquí Agustín escribe un ejemplo a Adeodato acerca de lo que es el hombre: ¿Acaso es la suma de las dos sílabas, hom – bre? ¿O acaso su significación es lo valioso? Inicia de esta manera otra larga discusión, esta vez referente a los signos y a los significados. Tal debate termina con la pregunta de si realmente pueden enseñarse los signos, a lo que se responde que nada puede enseñar los signos por sí mismos sino con la ayuda de las palabras. La pregunta con la que se cierra la obra es ¿Cómo podemos aprender todas las cosas que nos rodean a través de las palabras? Pues todo lo que percibimos lo hacemos por medio de los sentidos o la mente, es decir, mediante lo sensible y lo inteligible. San Agustín concluye, en medio de pensamientos acerca de dios, que las palabras no parecen ser capaces de manifestar todo lo que nuestro espíritu posee. 

Para los resúmenes de las dos obras mencionadas en esta entrada utilizamos la página Augustinus, donde pueden encontrar las obras completas de San Agustín en español.

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